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FORMAR ADULTOS NO ES EDUCAR NIÑOS GRANDES

Foto del escritor: Lina Buitrago
Lina Buitrago
26 nov 2025
2 min de lectura

Actualizado: 8 ene

“El objetivo del aprendizaje es el crecimiento, y nuestra mente, a diferencia de nuestro cuerpo, puede continuar creciendo mientras vivimos.”- Mortimer Adler


He aprendido con los años que formar no es contarle algo al otro para que lo memorice. Es mucho más profundo. Se trata de crear una experiencia que le permita al participante interiorizar la información, ponerla en práctica y transformarla en conocimiento funcional, ese que realmente genera aprendizaje significativo.


Los adultos no aprenden como los adolescentes o los niños. Parece evidente, pero en términos metodológicos implica un cambio radical. Aún es común encontrar líderes que intentan transmitir conocimiento a sus equipos como si estuvieran frente a un salón de primaria. Y es allí donde me topé con el concepto de andragogía, la disciplina que fundamenta la educación de adultos.


De acuerdo con Malcolm Knowles —considerado el padre de la andragogía moderna— esta es “el arte y la ciencia de ayudar a los adultos a aprender” (Knowles, The Adult Learner, 1984).

En esencia nos recuerda que el aprendizaje en la adultez es autónomo, práctico, experiencial y profundamente vinculado con la realidad de quien aprende.


Sin extender demasiado este texto, quiero resaltar tres aspectos prácticos que, cuando se integran, transforman por completo cualquier proceso formativo:


1. Participación

Los adultos aprenden mejor cuando se sienten parte activa del proceso. No quieren ser espectadores, quieren aportar, cuestionar, conectar sus experiencias y trabajar sobre situaciones reales. La participación no es una técnica: es un principio que legitima su voz y genera sentido.


2. Horizontalidad

La relación en la formación de adultos es entre pares, incluso si uno tiene más conocimiento técnico. La horizontalidad crea un ambiente seguro donde cada aporte vale y donde la autoridad se ejerce desde la facilitación, no desde la imposición. Esto abre la puerta a conversaciones más ricas y aprendizajes más profundos.


3. Flexibilidad

La vida adulta está llena de responsabilidades y límites concretos: tiempo, energía, carga laboral. La flexibilidad metodológica reconoce esa realidad. Implica ajustar ritmos, diversificar formatos, permitir exploraciones diversas y adaptar contenidos según el nivel de experiencia y necesidad del grupo.



Los adultos necesitan encontrar propósito en lo que aprenden. Su tiempo es limitado, por lo que las metodologías deben estar bien diseñadas, con espacios que favorezcan la concentración y que integren su experiencia previa. En otras palabras, el camino es despertar su curiosidad, incentivar su creatividad y abrir el diálogo, un diálogo que les permita pasar de la memoria a la integración, del dato a la transformación.


La formación en adultos no consiste en transmitir contenidos, sino en crear condiciones para que las personas piensen, cuestionen y resignifiquen su experiencia. Cuando el aprendizaje se reconoce como un proceso vivo —situado, relevante y conectado con la realidad— deja de ser una obligación y se convierte en una herramienta de transformación real.


Fuentes consultadas

  • Knowles, M. (1984). The Adult Learner: A Neglected Species. Gulf Publishing.

  • Knowles, M., Holton III, E., & Swanson, R. (2015). The Adult Learner: The Definitive Classic in Adult Education and Human Resource Development. Routledge.

 
 
 

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